Warner le quitó el color a La humanidad en peligro y las hormigas salieron ganando

Una niña camina sola por el desierto de Nuevo México. Lleva una muñeca agarrada y va en camisón. No llora y no contesta cuando dos policías de carretera la paran. Detrás de ella hay una caravana destrozada y, a lo lejos, un sonido agudo y entrecortado que nadie en el coche sabe identificar. La niña no dice una palabra en un buen rato. Cuando por fin habla, grita una sola: «¡Ellos!».
Así arranca La humanidad en peligro (Them!, 1954, Gordon Douglas), y lo que viene justo después de ese grito es el único fotograma en color de toda la película. El título aparece en rojo y azul sobre la imagen en blanco y negro, como un cartel pegado encima de otra película. Durante años el público lo tomó por un efecto buscado. Es lo que quedó de la película que Warner había planeado.
Una superproducción en relieve que se quedó en dos colores
El proyecto nació en pleno furor del 3D. En 1953 Warner había estrenado Los crímenes del museo de cera (André de Toth), un éxito enorme en relieve, y el estudio quería repetir la jugada con hormigas gigantes, en color y con gafas. Llegaron a hacerse pruebas con la cámara estereoscópica. Poco antes de empezar el rodaje, el estudio recortó el presupuesto y la película se rodó en blanco y negro y en plano. De aquella idea solo se conservó el rótulo del título.
No hace falta ponerse conspiranoico para entender la decisión. En 1954 el 3D ya empezaba a cansar: los cines se quejaban de los dos proyectores sincronizados, el público de los dolores de cabeza, y varias películas rodadas en relieve ese año acabaron estrenándose casi siempre en copia plana. A Warner le salía más caro apostar por una moda que se apagaba que por una historia de bichos bien contada. Y la historia, escrita por Ted Sherdeman y Russell Hughes a partir de un argumento de George Worthing Yates, aguantaba sola.
Qué se perdió por el camino
Algo se perdió, eso está claro. Basta ver las escenas finales en las alcantarillas de Los Ángeles, con los soldados avanzando por túneles estrechos y los lanzallamas escupiendo fuego hacia la oscuridad, para imaginar lo que habría sido aquello con profundidad: el pasillo hundiéndose detrás de la pantalla, las antenas saliendo hacia la platea. Es el tipo de plano que el 3D de los cincuenta hacía bien. Y el color habría dado algo a la secuencia del nido en el desierto, cuando James Whitmore, James Arness y Edmund Gwenn bajan con antorchas a la colonia quemada y encuentran las cámaras de huevos.
Pero conviene pensar qué habría enseñado ese color, porque la película depende de unas hormigas que eran, literalmente, máquinas.
Las hormigas necesitaban sombra
Los insectos de La humanidad en peligro no son hormigas reales ampliadas ni muñecos animados fotograma a fotograma. Son marionetas grandes, de tamaño completo, movidas con cables y mecanismos desde fuera de cuadro. Mueven la cabeza, abren las mandíbulas y agitan las antenas. Andar, lo que se dice andar, apenas andan. Se las ve sobre todo de frente, asomando por encima de una duna o por la boca de un túnel, y casi siempre de noche, entre humo o con el viento levantando arena.
El blanco y negro les hace tres favores a la vez. Primero, borra la pintura: no hay manera de saber de qué color es el caparazón, así que tampoco hay manera de notar que es un caparazón pintado. Segundo, funde los cables con el fondo, porque una línea gris oscura sobre un cielo nocturno gris oscuro desaparece. Y tercero, deja que la iluminación mande. Douglas y su director de fotografía, Sid Hickox, iluminan a las hormigas con linternas, bengalas y lanzallamas, de modo que cada aparición es un trozo de cabeza saliendo de la negrura y volviendo a entrar en ella.
La comparación más útil está en otra película de hormigas gigantes rodada veintitrés años después. El imperio de las hormigas (Empire of the Ants, 1977, Bert I. Gordon) se hizo en color, con hormigas reales superpuestas a los actores y algunos primeros planos mecánicos. A plena luz del día y en tecnicolor de los setenta, los insectos tienen bordes, transparencias y un tono que no casa con el resto del plano. Se ve el truco en cada fotograma. Las hormigas de Warner, más antiguas y más toscas, siguen dando más miedo porque nunca se dejan mirar del todo.
El sonido y la niña hacen el resto
Hay otra cosa que el blanco y negro empuja, sin proponérselo: el peso pasa al sonido. Ese chirrido agudo que se oye en el desierto antes de que aparezca nada es la mejor criatura de la película. Durante la primera media hora es lo único que se tiene de las hormigas, junto con el grito de la niña (Sandy Descher) y unas huellas raras que nadie sabe a qué pertenecen. Cuando el primer insecto sale por fin de detrás de una duna, el público lleva veinte minutos temiéndolo. Una película en color y en relieve, pensada para lucir el efecto, difícilmente se habría aguantado tanto las ganas de enseñarlo.
El resultado se parece más a un procedimental que a una película de monstruos. Policías, agentes del FBI y entomólogos van atando cabos por oficinas, desiertos y hangares, con un fondo de pruebas atómicas en Alamogordo que la película nombra sin rodeos. Hay hasta pequeños hallazgos para quien la revise hoy: Leonard Nimoy aparece unos segundos como sargento junto a un teletipo, y Fess Parker interpreta a un piloto al que encierran en un psiquiátrico por decir que ha visto hormigas voladoras. Walt Disney lo vio en esa escena y lo contrató para hacer de Davy Crockett.
Por dónde verla y con qué acompañarla
Quien quiera entender lo que el blanco y negro hacía por los monstruos de aquellos años puede ver La humanidad en peligro en sesión doble con Tarántula (Tarantula, 1955, Jack Arnold), que resuelve su bicho con una araña real ampliada por sobreimpresión y también vive de la noche y del desierto. Después, si hay estómago, El imperio de las hormigas, para ver el mismo problema resuelto a pleno sol. Y para terminar, Sucesos en la cuarta fase (Phase IV, 1974, Saul Bass), que se olvida del tamaño y filma hormigas de verdad en macro, en color, sin trucos de escala.
Y conviene volver a mirar aquel título. Dos colores que se quedan en pantalla unos segundos, sobre una carretera en blanco y negro, mientras la niña vuelve a callarse. Era el anuncio de una película más cara que nadie llegó a rodar, y acabó haciendo de portada para la que sí se rodó.