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AluCine
Archivo, crítica y descubrimiento de cine fantástico, terror y ciencia ficción

Val Lewton tenía 150.000 dólares y un título que le imponía el estudio

· alucine

El terror moderno debe más a un departamento de contabilidad que a cualquier manifiesto estético. En 1942, RKO creó una unidad de películas baratas de miedo y puso al frente a Val Lewton, un antiguo ayudante de David O. Selznick que hasta entonces había escrito novelas y leído guiones ajenos. Las condiciones eran tres y no se negociaban: cada película por debajo de los 150.000 dólares, cada película por debajo de los 75 minutos, y el título lo ponía el estudio antes de que existiera una sola página de argumento. Charles Koerner, que dirigía la producción de la casa, había llegado con una consigna que era a la vez programa y pulla: espectáculo en lugar de genio. El genio era Orson Welles, y acababa de irse dejando dos películas y un agujero.

El título primero, la película después

El procedimiento suena a chiste y no lo era. Comercial hacía sondeos, medía qué combinaciones de palabras vendían entradas en los cines de barrio, y entregaba un rótulo. Lewton y sus guionistas tenían que construir hacia atrás, desde el reclamo hasta la historia. Así nació La mujer pantera (1942, Jacques Tourneur), escrita por DeWitt Bodeen a partir de nada más que esas dos palabras. Así nació también Yo anduve con un zombi (1943, Tourneur), cuyo título procedía de un artículo de revista dominical firmado por Inez Wallace; Curt Siodmak y Ardel Wray respondieron al encargo trasplantando Jane Eyre al Caribe, con la loca del ático convertida en una mujer catatónica que camina bajo la luna.

El tope de metraje era igual de rotundo. Yo anduve con un zombi dura 69 minutos. La séptima víctima (1943, Mark Robson), 71. La mujer pantera, 73. En esa duración no cabe una explicación. Cabe una situación, un desplazamiento y una elipsis, y hay que elegir qué se enseña porque no hay minutos para enseñarlo todo.

Lo que no se podía rodar

Con 150.000 dólares y calendarios de tres o cuatro semanas no se contrata a un maquillador para diseñar una criatura, ni se repiten planos hasta que el disfraz convence. Universal sí podía: el hombre lobo de Jack Pierce era caro y se veía entero. Lewton no tenía esa opción, y en lugar de intentar una versión pobre de lo mismo, decidió que la pantera de Irena Dubrovna no aparecería. Aparecerían sus efectos: una piscina cubierta donde el agua devuelve reflejos al techo y la banda sonora se llena de ruidos que no tienen origen visible; un albornoz destrozado en el borde; una acera nocturna donde el eco de unos tacones se dobla y luego se detiene, y lo que rompe la tensión resulta ser el freno neumático de un autobús. Ese plano tuvo tanto éxito que en la propia unidad empezaron a llamar «autobús» a cualquier susto construido con un sonido cotidiano. Se sigue llamando así.

Nicholas Musuraca fotografió La mujer pantera con un contraste que dejaba en negro medio decorado, y el negro salía gratis. J. Roy Hunt hizo lo propio en el Caribe de Yo anduve con un zombi, donde la secuencia central —una travesía nocturna por los cañaverales hasta el houmfort, con Darby Jones plantado en el camino como Carrefour, los ojos abiertos y sin un solo corte de efecto— se resuelve con viento, cañas y un actor muy alto al que no se le hizo prácticamente nada.

Decorados de segunda mano

La otra fuente de ahorro estaba en el almacén. RKO tenía levantados los interiores de El cuarto mandamiento (1942, Orson Welles), y Lewton los usó: la escalinata de la casa Amberson reaparece en las películas de la unidad, redecorada y encuadrada de otro modo. Los montadores también venían de allí. Robert Wise había montado Ciudadano Kane y Mark Robson trabajó en la sala con él; ambos debutaron como directores dentro de esta unidad, Robson con La séptima víctima y Wise poco después. La escuela de Welles acabó dando sus mejores frutos en películas de 70 minutos con título de feria.

The Body Snatcher (1945, Robert Wise) es el punto donde el sistema alcanza su forma más limpia. Adapta a Stevenson, sitúa la acción en el Edimburgo de 1831 y enfrenta a Boris Karloff con Henry Daniell en un duelo de clase social y chantaje que podría funcionar en un escenario. La secuencia de la cantante callejera se resuelve con la cámara quieta, la canción que se corta, y nada más. La del carruaje final tiene un movimiento y una banda de sonido, y es el desenlace más violento de la serie sin que se vea un golpe.

Lo que se ve ahora

Vistas hoy, junto a los ciclos de Universal de la misma década, las películas de Lewton parecen contemporáneas y las otras parecen documentos. Buena parte de eso es un accidente de contabilidad: al no poder mostrar el monstruo, la unidad tuvo que colocar el miedo en el personaje que lo padece, y un personaje no envejece como envejece un maquillaje. La séptima víctima lleva a esa lógica hasta donde el estudio permitía, con una secta de satánicos del Greenwich Village que son sobre todo gente aburrida y educada, y una protagonista cuyo problema no es el diablo sino las ganas de morirse. En 1943 nadie había contratado a Lewton para eso.

También se ve el límite. La maldición de la mujer pantera (1944, Gunther von Fritsch y Robert Wise) llega a los cines con ese título y no es una película de terror en absoluto, sino un relato sobre una niña con una amiga imaginaria; funciona, pero el desajuste entre lo prometido y lo entregado enfadaba al público y se notaba en taquilla. Y Bedlam (1946, Mark Robson), la última, se apoya tanto en el discurso sobre el manicomio de Hogarth que se olvida de dar miedo.

Para entrar en el ciclo el orden sensato es La mujer pantera, luego Yo anduve con un zombi, luego La séptima víctima y después The Body Snatcher. Cuatro películas, menos de cinco horas en total.

Queda la cuenta. Ciudadano Kane (1941) le costó a RKO alrededor de 840.000 dólares y cerró su primera explotación en pérdidas. La mujer pantera, rodada en la misma casa un año después por poco más de 130.000, estuvo meses en cartel y las cifras que circulan sobre su recaudación —varios millones, con la contabilidad de estudio de la época, que conviene coger con pinzas— la sitúan entre lo que sacó a RKO del apuro aquel año. El estudio despidió al genio y se quedó con el espectáculo, y durante cuatro años el espectáculo consistió en no enseñar nada.