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AluCine
Archivo, crítica y descubrimiento de cine fantástico, terror y ciencia ficción

El cine ha imaginado mil veces que ganaron los nazis. Nunca que España no se rompió

· alucine
Una sala de cine antigua vacía con butacas de terciopelo rojo y el haz del proyector cruzando el aire cargado de polvo hacia una pantalla en blanco, claroscuro, atmósfera nostálgic

Hay un ejercicio que sale siempre en las conversaciones de bar cinéfilo: enumerar películas de historia alternativa. Y sale siempre la misma lista.

Sesenta años contando dos historias

It Happened Here (1966), de Kevin Brownlow y Andrew Mollo, imagina una Gran Bretaña ocupada por los nazis y la rodó un chaval que empezó con dieciocho años y tardó ocho en terminarla. Fatherland (1994), de Christopher Menaul, adapta la novela de Robert Harris y sitúa la acción en un Berlín de 1964 donde el Reich ganó. El hombre en el castillo (2015-2019) estira la novela de Philip K. Dick a cuatro temporadas de unos Estados Unidos repartidos entre Alemania y Japón.

Cuando el género se cansa de los nazis, cruza el Atlántico y se va a la guerra de Secesión. C.S.A.: The Confederate States of America (2004), de Kevin Willmott, es un falso documental de la BBC sobre unos Estados Confederados que ganaron y siguieron existiendo, y sigue siendo la ucronía más incómoda que se ha rodado, entre otras cosas porque los anuncios que interrumpen el falso documental resultaron ser productos que existieron de verdad.

Y luego está la ucronía de la trampa final, que es su propia escuela: Malditos bastardos (2009) acaba como todos sabemos que no acabó, y Watchmen (2009) transcurre en un 1985 donde Estados Unidos ganó Vietnam y Nixon sigue en el cargo.

Buenas películas, varias de ellas. Pero mira el mapa: Alemania, Estados Unidos, Reino Unido. El género tiene sesenta años y sigue haciendo la misma pregunta con distinto acento.

Por qué el punto de divergencia siempre está en el mismo sitio

No es casualidad ni conspiración. La ucronía necesita que el espectador conozca de memoria el desenlace verdadero, porque el placer del género está precisamente en la comparación constante: yo sé cómo acabó, y estoy viendo cómo acaba de otra manera. Sin ese conocimiento previo, la película se queda en fantasía de época.

La Segunda Guerra Mundial es el único acontecimiento que todo el planeta conoce con suficiente detalle. De ahí la monotonía temática. No es pereza de guionistas: es economía narrativa.

El problema es que ese razonamiento se ha convertido en excusa. Porque hay territorios enteros donde el público local sí conoce el desenlace de memoria, y que nadie ha tocado.

El plano que nadie ha rodado

Imagina la secuencia. Cádiz, 1812. La ciudad está sitiada y caen bombas sobre la bahía. Dentro, en una sala mal iluminada, unos hombres discuten una palabra.

No es invención: la Constitución de Cádiz declara en su artículo primero que la nación española es «la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios». Y en septiembre de 1810, como los diputados americanos no podían cruzar el Atlántico a tiempo, se eligieron treinta suplentes entre los americanos y filipinos que vivían en Cádiz. Veintiocho americanos, dos filipinos. Ese es tu protagonista, y está en el acta.

El giro está en el artículo 22, que negó la ciudadanía a los españoles «originarios del África» dejándoles solo «abierta la puerta de la virtud y el merecimiento», con una carta de ciudadanía que tenían que pedir a las Cortes y unas condiciones que casi nadie podía cumplir. Lo defendió Agustín Argüelles y el motivo no era ideológico, era de conteo: si las castas eran ciudadanos, América sumaba más población y por tanto más representación que la Península.

Un hombre, una firma, una sala con las ventanas rotas y un imperio entero dependiendo de un adjetivo. Cinematográficamente es un regalo, y lleva doscientos años sin rodarse.

Alguien lo ha escrito, aunque todavía no lo haya rodado nadie

Lo ha hecho en papel Helena Wagner en La constitución de los dos mares, y lo que me interesa contar aquí es su estructura, porque está montada como una película larga y no como una novela de trama.

Son cinco bloques separados por décadas: Cádiz en 1812, las Antillas entre 1851 y 1868, la frontera en 1905, la guerra en 1940 y el espacio en 1988. Cada bloque tiene su protagonista y su conflicto cerrado, y lo que cose los cinco no es un personaje sino un objeto: un acta amarillenta que va pasando de mano en mano. Es el recurso de La casa de los espíritus y el de Cloud Atlas, y en cine funciona mejor que en literatura porque el objeto se puede filmar.

El salto final —de una guerra en 1940 a una ultranauta en órbita en 1988— es el tipo de cosa que un productor tacharía y que es exactamente lo que hace que la cosa valga la pena. Y es una idea visual: la misma promesa sin cumplir, subida a un cohete.

Lo que echo de menos

El cine español tiene un catálogo enorme de guerra civil y de posguerra, y prácticamente ninguna ucronía. Nos hemos contado mil veces lo que pasó y casi ninguna vez lo que pudo pasar. Es raro en un país que tiene, contando por encima, cuatro o cinco bisagras históricas tan buenas como la que le dio de comer a Robert Harris durante una carrera entera.