Raymond Burr se pasó media película hablando con la nuca de un doble

En un plató alquilado de Los Ángeles, a finales de 1955, un actor de treinta y ocho años llamado Raymond Burr rodó durante unos pocos días una película que ya estaba terminada. Enfrente no tenía a Takashi Shimura ni a Akira Takarada. Tenía a unos cuantos figurantes japoneses-americanos contratados, básicamente, por la forma de su nuca. Burr decía su frase, el figurante asentía de espaldas, y el montador se encargaba de que aquel gesto encajara con un plano rodado en Tokio meses antes por gente que jamás supo que estaba interpretando una conversación con él.
De ahí salió Godzilla, King of the Monsters! (1956, Terry O. Morse), que durante cuarenta y ocho años fue lo que el mundo entero entendía por Godzilla.
Ochenta minutos donde había noventa y seis
Las cuentas son fáciles y dicen bastante. El Gojira de Ishirō Honda, estrenado en Japón el 3 de noviembre de 1954, dura noventa y seis minutos. La versión americana dura ochenta. Pero a esos ochenta hay que restarles el material nuevo de Burr, que ronda los veinte. Es decir: para que quepa el periodista, desaparece más de media hora larga de película japonesa. Escenas enteras, no recortes de montaje.
Lo que se fue no era relleno. Honda había rodado Gojira con el país todavía discutiendo el caso del Daigo Fukuryū Maru, el atunero japonés que el 1 de marzo de 1954 quedó dentro del radio de la prueba Castle Bravo en Bikini. La tripulación volvió a puerto con quemaduras por radiación y el operador de radio, Aikichi Kuboyama, murió en septiembre. Aquel otoño, en Japón, se tiraba pescado a la basura por miedo. Ocho semanas después de su muerte se estrenaba una película que empieza con un carguero pesquero devorado por un fogonazo en el mar.
Las escenas que no cruzaron el Pacífico
La más citada es la del tren de cercanías. Unos pasajeros comentan la noticia del monstruo con esa mezcla de guasa y hartazgo que tiene la gente en el transporte público: bromean con el atún radiactivo, con volver a los refugios, y una mujer suelta que se libró de Nagasaki para acabar así. En cuatro frases, Honda coloca la película en un lugar muy concreto de la historia japonesa. En la versión americana esa conversación no existe.
Tampoco existe el debate en la Dieta, donde los políticos discuten si contar la verdad al país o callarla para evitar el pánico, con una diputada exigiendo que se publique todo. Y se adelgaza hasta casi desaparecer el triángulo entre Emiko, Ogata y Serizawa, que es lo que sostiene el tramo final: el científico que ha inventado algo peor que Godzilla y decide morirse con la fórmula dentro.
El cambio más limpio, y el más revelador, está en el último minuto. Honda cierra con el doctor Yamane advirtiendo que, si las pruebas nucleares continúan, aparecerá otro. La película termina en un funeral con una amenaza dentro. La versión de 1956 termina con Burr en off diciendo que el peligro ha pasado y que el mundo puede volver a despertarse y vivir. La misma película, con el signo cambiado.
Cómo se rueda un contraplano contra una película ajena
La solución técnica de Morse, que venía del montaje y sabía perfectamente lo que estaba haciendo, es de una economía admirable. Primero, un personaje que justifica estar en todas partes: Steve Martin, corresponsal de United World Press, que casualmente hace escala en Tokio y casualmente conoce a Serizawa de la universidad. Segundo, un traductor dentro del plano, el oficial de seguridad Tomo Iwanaga, interpretado por Frank Iwanaga, que permite dejar diálogo japonés sin doblar y explicárselo al espectador americano en voz alta.
Y tercero, los dobles. Los personajes japoneses se filman de espaldas o de tres cuartos, siempre en la esquina del encuadre, y el contraplano verdadero —el que se rodó en Toho— llega con el rostro del actor original reaccionando a otra cosa completamente distinta. Funciona porque nadie mira las nucas. Cuando uno sabe que están ahí, ya no puede dejar de verlas: Burr conversando con hombros, con sombreros, con el respaldo de una silla.
Lo curioso es que Burr no hace el paripé. Interpreta a ese periodista con una seriedad de reportaje de guerra, sin guiños al público, y esa seriedad es la que impidió que el invento se hundiera. Hay algo casi conmovedor en un actor sosteniendo él solo la credibilidad de un montaje imposible.
Por qué tardó hasta 2004
La versión de 1956 no fue una adaptación local más: fue la copia que se licenció al resto del planeta. En España llegó como Japón bajo el terror del monstruo. En Japón se estrenó en 1957 la propia versión americana, con Burr incluido, como si fuera un producto nuevo. Durante décadas, el Gojira de Honda circuló en festivales, retrospectivas y copias de coleccionista, pero no tenía distribución comercial en Estados Unidos.
Eso se arregló en 2004, con el cincuenta aniversario. Rialto Pictures sacó la película original subtitulada, empezando por salas de Nueva York y ampliando después a decenas de ciudades. Mucha gente que llevaba media vida repitiendo el chiste del hombre disfrazado descubrió entonces una película lenta, gris y funeraria, con hospitales llenos de niños a los que se les pasa un contador Geiger por encima. Dos años más tarde, la edición en DVD de Classic Media puso las dos versiones en la misma caja, que sigue siendo la forma más honesta de tenerlas.
Por dónde empezar
Primero la de 1954, en japonés, sin saber nada. Luego, en otra sesión, la de 1956, para ver el trabajo de carpintería. Y después, si el ciclo engancha, Mothra contra Godzilla (1964, Honda), que es donde Toho encuentra el tono de aventura que definiría la saga, y Rodan (1956, Honda) para comprobar que el estilo del ciclo no dependía del bicho concreto. Lo demás se descubre solo, que es la mejor parte.