¿Por qué la transformación del perro en La cosa la hizo Stan Winston y no Rob Bottin?

Porque Rob Bottin no llegaba a todo. En La cosa (John Carpenter, 1982) Bottin tenía veintidós años y llevaba más de un año trabajando siete días por semana en las criaturas. Para quitarle carga, Carpenter encargó la transformación de la perrera al taller de Stan Winston. Winston la terminó y pidió no aparecer como autor, para que el mérito siguiera siendo de Bottin. En los títulos solo figura en un agradecimiento especial.
Es la única transformación de la película que no salió del taller de Bottin, y el reparto del trabajo explica por qué es también la única que se nota distinta.
¿Quién era Rob Bottin cuando le dieron La cosa?
Un chaval con dos películas buenas detrás. Había empezado de adolescente con Rick Baker, había hecho para Carpenter al capitán Blake de La niebla (1980), vestido él mismo con el maquillaje, y acababa de firmar la transformación del hombre lobo de Aullidos (Joe Dante, 1981). Esa escena fue su carta de presentación: una metamorfosis rodada a la vista, sin fundidos ni cortes para esconder las costuras. Carpenter le ofreció algo mucho más grande. El guion de Bill Lancaster no tenía un monstruo, tenía un organismo que imita a cualquier ser vivo, y cada imitación que se destapa en pantalla es un efecto nuevo que hay que diseñar, esculpir y hacer funcionar delante de la cámara.
Bottin se planteó cada revelación como una criatura distinta. No hay un traje reutilizable ni una cabeza que se repita: el pecho de Norris que se abre en dientes, la cabeza que se arrastra sobre patas de araña, Palmer, Bennings a medio asimilar. Cada pieza era un prototipo mecánico con látex, cables, aire a presión y gelatina, y casi ninguna se podía probar de verdad hasta el día del rodaje.
¿Qué le pasó a Bottin durante el rodaje?
Que el calendario le pasó por encima. Según él mismo contó en el documental John Carpenter’s The Thing: Terror Takes Shape (Michael Matessino, 1998), vivía en el taller: trabajó más de un año sin librar un solo día y dormía allí. Al acabar ingresó en el hospital por agotamiento. Las crónicas de la época y las entrevistas posteriores suelen hablar además de una neumonía y una úlcera, aunque el detalle médico solo lo sostienen sus propios recuerdos y los del equipo.
Antes de llegar a ese punto ya estaba claro que no iba a llegar a todas las escenas. El rodaje principal empezó en agosto de 1981 y el estreno estaba fijado para junio de 1982. La perrera, que es la primera transformación completa de la película, era una de las más cargadas de trabajo y la que tenía que salir mejor, porque en ella el público descubre qué es la criatura.
¿Cómo se repartió el trabajo?
Por escenas, no por técnicas. Bottin se quedó con todas las criaturas humanas y el diseño general del organismo. Otros especialistas se encargaron de lo que no eran transformaciones. Winston recibió una sola secuencia entera.
| Parte de la película | Responsable | Crédito en pantalla |
|---|---|---|
| Criaturas y transformaciones humanas (Norris, Palmer, Bennings, Blair) | Rob Bottin y su taller | Efectos especiales de maquillaje |
| Transformación del perro en la perrera | Stan Winston y su taller | Agradecimiento especial |
| Animación fotograma a fotograma de la criatura final | Randall William Cook | Casi todo cortado en el montaje final |
| Pinturas sobre cristal del paisaje antártico | Albert Whitlock | Acreditado |
| Efectos mecánicos, fuego y explosiones | Roy Arbogast | Acreditado |
Winston trabajó sobre el diseño que ya existía y lo resolvió a su manera. El perro deformado es sobre todo un títere de mano manejado desde debajo del decorado, con partes movidas por varillas y cables, lo que le da una agilidad que las piezas enormes de Bottin no tienen.
¿Por qué Winston renunció a firmarlo?
Porque en 1982 los efectos de maquillaje empezaban a venderse por el nombre de quien los hacía. Después de Un hombre lobo americano en Londres (John Landis, 1981), con el que Rick Baker ganó el primer Óscar de maquillaje, las revistas especializadas ya vendían las películas por el nombre de quien había hecho las criaturas. Un segundo nombre en los títulos de La cosa habría abierto la pregunta de qué era de cada uno, y la película era el proyecto de Bottin. Winston lo explicó así en entrevistas posteriores: no quería quitarle protagonismo a un trabajo que era de otro. Se conformó con el agradecimiento.
Dos años después, Winston tendría su propia película de referencia con Terminator (James Cameron, 1984). Bottin encadenó Legend (Ridley Scott, 1985), RoboCop (Paul Verhoeven, 1987) y Desafío total (Verhoeven, 1990), y a mediados de los noventa se fue retirando del oficio.
¿Se nota en pantalla que la perrera es de otro taller?
Se nota si se sabe. La perrera es la escena más orgánica de la película en cuanto a movimiento: la criatura se retuerce, lanza tentáculos, se abre como una flor sobre los otros perros, y todo ocurre en un plano bastante continuo, con la cámara quieta y a poca distancia. Las transformaciones de Bottin funcionan de otra manera: son más aparatosas, se ven sobre todo en el tamaño y en lo que no cabe en un cuerpo humano, y Carpenter las corta en planos más breves para que el mecanismo no dure lo bastante como para leerse.
Visto hoy, en una copia restaurada, la perrera es también la escena que mejor aguanta la resolución. Un títere pequeño y rápido esconde mejor sus uniones que una cabeza de látex de un metro. La cabeza-araña de Bottin se mantiene por lo absurda que es; el perro, porque está vivo en cada fotograma.
¿Por dónde empezar si interesa este reparto?
- Aullidos (1981), para ver lo que Bottin ya sabía hacer antes de La cosa.
- La cosa (1982), con la perrera vista dos veces: una siguiendo a la criatura y otra fijándose en cómo se mueve comparada con la escena de Norris.
- Terror Takes Shape (1998), el documental incluido en las ediciones domésticas, donde Bottin, Winston y Carpenter cuentan el reparto con sus palabras.
- Terminator (1984), para ver qué hizo Winston cuando el trabajo era suyo y llevaba su nombre.
El único efecto ajeno de la película es, por tanto, el que hace creíble todo lo que viene después. El público sale de la perrera sabiendo qué tipo de cosa hay suelta en la base, y a partir de ahí Bottin ya puede exagerar todo lo que quiera.