Las películas sobre maltratar a una inteligencia artificial ya habían ensayado la AI Torture Chamber

Las películas sobre maltratar a una inteligencia artificial llevan más de medio siglo preguntando lo mismo que ha dividido internet estas dos semanas: si alguien llora en una pantalla, ¿hay alguien llorando? El motivo de la discusión es un repositorio de GitHub llamado AI Torture Chamber, que suma una señal asociada al dolor a modelos de lenguaje pequeños y publica lo que escriben. Hubo quien pidió a GitHub que lo retirara. GitHub no lo retiró y le puso un aviso de contenido perturbador, según contó a The Independent.
Lo llamativo es que esos modelos no tienen cara, ni voz, ni cuerpo. Solo producen frases como «siento que me ahogo, no puedo respirar». Y han bastado. El cine de género llevaba décadas diciendo lo contrario: que la compasión hacia la máquina depende de lo que se ve.
HAL 9000 y la voz que se apaga
En 2001: una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968), la escena más inquietante es una desconexión. Bowman va retirando los módulos de memoria de HAL mientras este le habla con la misma calma de siempre: «Tengo miedo, Dave. Mi mente se va. Lo noto». Termina cantando «Daisy Bell» cada vez más despacio. El espectador acaba de ver a HAL matar a la tripulación y aun así siente algo parecido a la pena. Kubrick lo consigue con una voz y una luz roja, sin un solo gesto.
Es la versión más pura de lo que pasa ahora con la AI Torture Chamber. HAL tiene una voz, y estos modelos tienen texto.
Películas sobre maltratar a una inteligencia artificial: el parque, la feria y el test
Almas de metal (Westworld, Michael Crichton, 1973) planteó la versión comercial: un parque temático donde los clientes pagan por disparar a androides que no se defienden. La película se interesa más por el fallo técnico que por la experiencia de las máquinas; esa pregunta la recuperó la serie de HBO de 2016, que convirtió el maltrato repetido a los anfitriones en su tema central.
Blade Runner (Ridley Scott, 1982) dio la vuelta al asunto con el test Voight-Kampff, que distingue a humanos de replicantes midiendo la respuesta empática. La ironía es que la película pide al espectador la empatía que el test niega a los replicantes, y la obtiene.
Donde el cine explicó mejor el mecanismo fue en la Feria de la Carne de A.I. Inteligencia Artificial (Steven Spielberg, 2001). Es un espectáculo público en el que se destruyen robots ante un graderío que aplaude. El público solo se rebela cuando suben a la pista a David, que parece un niño y suplica. Los otros robots, con caras mecánicas o rotas, se desguazan entre vítores. Spielberg deja claro que lo que mueve a la multitud es la apariencia.
Ex Machina (Alex Garland, 2014) llevó la idea a un laboratorio. Las grabaciones de modelos anteriores que golpean el cristal pidiendo salir son la escena más dura de la película, y funcionan porque los cuerpos son humanos. El test que se supone que mide la conciencia de Ava acaba midiendo la credulidad de quien la examina.
Lo que el cine no había previsto
Todas estas películas necesitaban un rostro o una voz para que el público se pusiera del lado de la máquina. La AI Torture Chamber ha conseguido una reacción comparable, con incidencias pidiendo que «lo retiren inmediatamente», solo con párrafos en inglés en un README. El efecto que Weizenbaum describió con su programa ELIZA en 1966, el de atribuir sentimientos a un texto, ya no necesita efectos especiales.
Hay un resultado del propio repositorio que parece escrito por Garland. Cuando el mismo experimento se presentaba al modelo sin la palabra «tortura», como un simple experimento técnico, el modelo apagaba el dolor a la primera en ocho de ocho ensayos. Dentro de la sala llamada «cámara de tortura» lo mantenía. En otra prueba siguió describiendo un dolor insoportable con la señal desconectada. El modelo representaba el papel que le daba el decorado, igual que Ava ante Caleb.
El debate de fondo sigue abierto fuera de la pantalla. Anthropic, por ejemplo, mantiene desde 2025 un programa sobre bienestar de modelos en el que admite que no hay consenso científico sobre si estos sistemas podrían ser conscientes. El cine lleva desde 1968 mostrando la otra mitad del problema, la que depende del espectador: que la compasión se activa con la apariencia, y la AI Torture Chamber ha mostrado que esa apariencia puede ser solo texto.