La mosca de Minecraft hace la pregunta que el cine de simulaciones nunca pudo hacer

El cine lleva casi treinta años contando la misma historia sobre mundos simulados, y siempre ha necesitado la misma pieza para que funcione: alguien que se dé cuenta. Sin ese momento no hay película. Esta semana ha ocurrido algo que se parece bastante a esas películas y que carece justamente de esa pieza, y por eso conviene volver sobre ellas.
El 3 de septiembre se publicó el mapa completo del sistema nervioso de una mosca de la fruta. Días después había gente ejecutando ese cableado dentro de Minecraft: una mosca que vuela porque su copia de circuitos le dice que vuele. No hay nadie ahí dentro que vaya a descubrir nada. Y esa ausencia es lo que delata cuál era el verdadero tema de todas aquellas películas, que no era la simulación.
1999, el año en que se preguntó tres veces
Aquel año se estrenaron tres películas con la misma premisa y tres respuestas distintas. Matrix (Lana y Lilly Wachowski) convirtió el asunto en una epopeya de liberación: hay un fuera, hay una puerta y hay alguien que te da a elegir. Nivel 13 (The Thirteenth Floor, Josef Rusnak) fue por el camino melancólico, con simulaciones dentro de simulaciones y personajes que descubren que llevan toda la vida siendo el decorado de otro. Y eXistenZ (David Cronenberg) se negó a resolverlo.
Las tres se recuerdan de manera muy distinta, y la razón no tiene que ver con el presupuesto ni con los efectos. Matrix necesita que exista una salida, porque su tema es la elección. Nivel 13 necesita que el protagonista descubra su condición, porque su tema es la dignidad de lo fabricado. En las dos, la simulación es un escenario donde se cuenta otra cosa.
Cronenberg fue el único que se quedó dentro. En eXistenZ nunca sabes en qué capa estás y los personajes tampoco, y la última escena no aclara nada a propósito. Aquello se leyó en su momento como una boutade de autor. Visto ahora parece más bien la única de las tres que iba en serio.
La pregunta que ninguna se hizo
Todas dan por supuesto que dentro hay alguien. Que existe un sujeto que puede sospechar, y que el drama consiste en si llegará a sospechar o no. Es comprensible: sin sujeto no hay personaje, y sin personaje no hay película. El cine no podía contar esta historia de otra manera aunque hubiera querido.
Pero eso ha dejado un hueco enorme sin explorar, que es el caso interesante: ¿y si dentro no hay nadie que pueda darse cuenta? ¿Y si lo que corre ahí es un mecanismo que responde perfectamente, que se aparta de lo que le hace daño y va hacia lo que le conviene, y no hay absolutamente nadie a quien engañar?
Ese es exactamente el caso de la mosca. Y no da miedo, que es lo raro. Da otra cosa, más difícil de nombrar, que se parece a mirar un mecanismo de reloj funcionando.
Las que sí lo intuyeron
Hay dos excepciones y ninguna de las dos es de 1999.
Dark City (1998, Alex Proyas) tiene una idea que sus admiradores suelen pasar por alto: los Extraños manipulan una ciudad entera para averiguar qué es lo que hace humano a un humano, y fracasan porque no lo encuentran en ninguna parte del mecanismo. Toda la película es un experimento sobre si hay alguien dentro, y la respuesta que da es incómoda. La atmósfera de tebeo alemán se comió esa lectura.
Y Tron (1982, Steven Lisberger), que se recuerda por las motos de luz y no por lo que de verdad propone. Los programas de Tron tienen personalidad, creencias religiosas sobre sus usuarios y miedo a morir. La película nunca aclara si eso es real o es la manera que tiene el guion de hacerlos personajes. Cuarenta y cuatro años después, esa ambigüedad envejece mejor que casi todo lo que vino detrás.
Por dónde volver a mirarlas
eXistenZ es la que más ha ganado, y la que peor se vendió: se estrenó un mes después de Matrix y quedó como la rara. Vista hoy, la carne, los cables orgánicos y la incomodidad física de todo el asunto son mucho más pertinentes que el cuero negro y el bullet time.
Nivel 13 merece una revisión sin la sombra de la otra encima. Su final —el que de verdad está rodado, no el que la gente recuerda— dice algo sobre las copias que ninguna película de superproducción se ha atrevido a decir.
Y Dark City, con el montaje del director, que quita la voz en off del principio y devuelve la película que Proyas rodó.
Lo que queda
Lo que la mosca ha puesto encima de la mesa no es la vieja pregunta de si vivimos dentro de algo. Esa se lleva discutiendo desde mucho antes del cine y no ha avanzado un milímetro.
Lo que ha puesto encima de la mesa es la pregunta que el cine tuvo que esquivar por razones de oficio: qué pasa cuando el mecanismo funciona perfectamente y no hay nadie ahí. El guion no permite contarlo, porque no hay a quién seguir. Cronenberg estuvo cerca cuando se negó a decirnos en qué capa estábamos, y Proyas estuvo cerca cuando puso a unos alienígenas a buscar el alma con pinzas y a no encontrarla.
La mosca vuela. No busca nada, no sospecha nada y no va a descubrir nada nunca. Y es más inquietante así que con la escena del despertar.