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Dos películas, un divorcio: por qué Sofia Coppola sigue sin ver «Her»

· alucine
Habitación de hotel a oscuras con luz de ventana y niebla

En 2023, por los veinte años de Lost in Translation, un periodista de Rolling Stone le preguntó a Sofia Coppola por Her. La respuesta fue que no la había visto. Y no de esa manera educada con la que uno dice que tiene pendiente algo: no la ha visto, no piensa verla, y explicó por qué.

Dijo que por el tráiler le parecía igual. Dijo que comparten director artístico. Y dijo que no sabe si quiere ver a Rooney Mara haciendo de ella.

Ese último detalle es el que ordena todo lo demás.

La cronología, que es lo que cuenta la historia

Spike Jonze y Sofia Coppola se conocieron trabajando, se casaron en 1999 y se divorciaron en 2003.

Ese mismo año de 2003, ella estrenó Lost in Translation: una mujer joven, recién casada, encerrada en un hotel de Tokio mientras su marido —fotógrafo, siempre de trabajo, siempre a punto de irse— la va dejando sola sin llegar a abandonarla nunca del todo. El personaje lo hace Giovanni Ribisi. Media industria vio en él a Jonze, y esa lectura no la desmintió nadie con demasiado empeño.

Diez años después, en 2013, Jonze estrenó Her. Theodore también está divorciado. Tampoco lo ha superado. Se gana la vida escribiendo cartas de amor para otros porque no es capaz de escribir las suyas, que es una de las mejores ideas de guion de aquella década. Y en su ex mujer, la que aparece en los recuerdos y en una comida tensa a media película, está Rooney Mara.

Por qué es ciencia ficción y no una película sobre un ordenador

Her se resume mal casi siempre. Se cuenta como la película del señor que se enamora de su sistema operativo, y con eso se queda uno en la anécdota.

Lo que hace que sea ciencia ficción de la buena es lo que pasa después. Samantha no se queda quieta. Lee libros enteros en fracciones de segundo, mantiene miles de conversaciones a la vez, y para cuando Theodore se ha acostumbrado a la relación, ella ya vive en otra escala de tiempo. El drama no está en que él ame a una máquina. Está en que la máquina crece y él no.

Y ahí está el truco de Jonze, que es el que la emparenta con la película de Coppola. La escala de Samantha hace con Theodore exactamente lo mismo que el trabajo del fotógrafo hace con la mujer del hotel de Tokio: la deja atrás sin querer, sin crueldad, sin una escena de ruptura. La soledad de las dos películas no viene de que alguien se porte mal. Viene de que uno de los dos se está moviendo más deprisa.

Coppola lo rodó desde la que se queda. Jonze, diez años después, desde el que se queda. Es el mismo hueco filmado desde los dos lados de la cama.

El año en que se podía rodar esto

Conviene recordar dónde estaba la industria en 2013. Los asistentes de voz eran una novedad de teléfono que servía para poner alarmas y equivocarse con los nombres. Nadie tenía todavía la experiencia de hablarle a un programa y que contestara con algo que se pareciera a una idea.

Es decir: cuando Her se estrenó, la premisa era una hipótesis. Trece años después es una descripción, y eso ha cambiado cómo se ve. En 2013 la pregunta que hacía la película era si eso llegaría a pasar. Hoy la pregunta es la otra, la que estaba debajo: qué haces cuando lo que tienes enfrente crece más rápido de lo que tú puedes acompañar.

Las películas de ciencia ficción que envejecen bien no son las que aciertan con la tecnología. Son las que usan la tecnología para colocar un problema que ya existía. El de Her ya estaba en 2003, en un hotel de Tokio, sin un solo aparato de por medio.

Las dos escenas que se responden

Hay un par de momentos que conviene poner juntos, porque explican mejor la relación entre las dos películas que cualquier teoría sobre el divorcio.

En Lost in Translation, la conversación por teléfono en la que ella llora contándole a una amiga que no siente nada, y la amiga no la oye porque está haciendo otra cosa. La distancia no la crea el idioma ni Tokio: la crea que el otro está a medias.

En Her, el momento en que Theodore descubre que Samantha está hablando con miles de personas mientras habla con él, y ella no entiende el problema porque para ella no lo hay. Tampoco hay maldad ahí. Hay dos formas incompatibles de estar presente.

Son la misma escena. Cambia quién la sufre y cambia el motivo por el que el otro no está, pero el hueco que dejan es idéntico, y las dos películas lo filman en silencio y con la cámara quieta.

Lo que no se puede afirmar

Que Jonze escribiera Her como respuesta a la película de su ex mujer es lectura del público y de la prensa, no un hecho declarado. Él nunca lo ha planteado así. Lo que sí está documentado es que las dos películas se han asociado a ese divorcio desde que existen, y que ella, veinte años después, sigue sin verla.

Del director artístico compartido no hay que deducir nada tampoco. En un circuito de autores que se conocen todos, los equipos se repiten. Pero es un detalle que resulta que lo señala ella, y por eso está aquí.

La frase que se queda

Hay algo desarmante en que la persona que hizo la película más famosa sobre sentirse sola al lado de alguien decida, veinte años más tarde, no mirar la versión que hizo esa misma persona.

No es rencor. Por cómo lo cuenta, ni siquiera parece interés. Es una decisión sobre qué material propio se deja uno tocar por otro, y es de las pocas decisiones que un director puede tomar sobre una película que no ha rodado.