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En España la ciencia ficción solo se rueda cuando cabe en una casa

· revisado el · alucine
En España la ciencia ficción solo se rueda cuando cabe en una casa

A principios de los años cincuenta, en Valencia, un escritor llamado Pascual Enguídanos empezó a mandar naves españolas a las estrellas. Firmaba George H. White, publicaba en Editorial Valenciana en novelas de quiosco y su protagonista se llamaba Miguel Ángel Aznar. La saga de los Aznar se alargó durante décadas: flotas estelares, imperios galácticos y siglos de historia futura. Tuvo lectores fieles, se reeditó y nadie la ha rodado nunca.

Con ese caso se entiende casi todo. La ciencia ficción española existe desde hace setenta años, pero en papel: en los bolsilibros, en la revista Nueva Dimensión, en La nave (1959) de Tomás Salvador y en los libros de Elia Barceló. Cuando el cine español se mete en el género, casi siempre termina rodando terror. No es que los directores no quieran hacer otra cosa. Se debe a una cuenta muy sencilla.

El terror necesita un pasillo; la ciencia ficción, un mundo

Para una película de miedo bastan una casa, un pasillo y poca luz. Hay pocas cosas más baratas que la oscuridad. La ciencia ficción, en cambio, tiene que enseñar algo que no existe: una ciudad, una nave, un futuro. Cada plano obliga a construir o a pintar algo, y eso lo pagan presupuestos que en España casi nunca alcanzan.

La prueba más antigua es La cabina (1972, Antonio Mercero). La premisa es de ciencia ficción: un hombre se queda encerrado en una cabina telefónica, una grúa se la lleva y descubre una red de instalaciones fabricadas para eso mismo. Mercero la rodó para Televisión Española, con José Luis López Vázquez y un decorado muy pequeño, y le salió una pesadilla. Ganó un Emmy internacional y todavía se recuerda como una película de miedo, aunque en el fondo sea una distopía.

El ejemplo contrario es Juan Piquer Simón. Probó con la aventura fantástica y con la ciencia ficción: Viaje al centro de la Tierra (1977), Supersonic Man (1979). Su película más recordada fuera de España acabó siendo Mil gritos tiene la noche (1982), una de asesino con motosierra. El mercado internacional de videoclub compraba sangre española con mucho más gusto que superhéroes españoles.

Las excepciones y lo que les costó

Las pocas que se rodaron en serio lo tuvieron difícil. Acción mutante (1993, Álex de la Iglesia) salió adelante porque El Deseo, la productora de los Almodóvar, quiso apostar por un debutante que soñaba con naves y cazarrecompensas. El planeta Axturias se nota hecho a mano, con decorados de cartón piedra que la película no esconde y usa como parte del chiste. Funcionó en taquilla. Aun así, De la Iglesia hizo después El día de la bestia (1995), y quien quiso seguirle los pasos entendió que lo que vendía era el demonio en Madrid y no el espacio.

Luego llegaron las que buscaron dinero y actores de fuera. Autómata (2014, Gabe Ibáñez) se rodó en inglés, en Bulgaria, con Antonio Banderas de protagonista y productor. Tiene un diseño de robots muy trabajado y una historia que no está a su altura. En el estreno pasó bastante desapercibida y hoy casi nadie la cita. Eva (2011, Kike Maíllo) acertó más con menos: un niño robot, un pueblo nevado y un futuro que se parece mucho al presente con otros aparatos. Maíllo se llevó el Goya a la mejor dirección novel, pero la película no tuvo imitadoras.

El truco: quitarle el mundo a la película

La ciencia ficción española que mejor ha salido sigue la lección de Mercero: saca el futuro del plano y se queda con sus consecuencias.

Los cronocrímenes (2007, Nacho Vigalondo) va de viajes en el tiempo y se rodó en una casa, un bosque y un laboratorio de pocos metros. Una máquina del tiempo cuesta poco si nadie tiene que ver adónde lleva. Karra Elejalde con la cabeza vendada y unos prismáticos resuelve lo que en Hollywood habrían hecho con efectos digitales. Vigalondo, además, se guardó para él el papel del científico. Cuatro años después, en Extraterrestre (2011), llevó la idea más lejos: una invasión alienígena de la que solo se ve una nave en el cielo mientras cuatro personas discuten en un piso. La invasión se queda de fondo y la película es una comedia de celos.

El hoyo (2019, Galder Gaztelu-Urrutia) aplica la misma idea en vertical. Una distopía entera metida en un solo decorado que se repite planta tras planta. Tiene ideas de ciencia ficción, pero se cuenta como una película de terror, con sangre, encierro y hambre. Ganó el premio del público de la sección Midnight Madness en Toronto y Netflix la estrenó en marzo de 2020, en pleno confinamiento. Pocas veces una película española ha visto tanta gente a la vez.

Qué han cambiado las plataformas

El caso de El hoyo enseña lo que han cambiado las plataformas y lo que no. Han aparecido compradores para la ciencia ficción española, y compradores que la distribuyen en todo el mundo el mismo día. Lo que no han hecho es darle más presupuesto. Lo que compran es el concepto fuerte con pocos decorados.

Apagón (2022), la serie de Movistar Plus+ basada en el pódcast El gran apagón de José Antonio Pérez Ledo, es el mejor ejemplo reciente. Cinco directores, entre ellos Rodrigo Sorogoyen, Raúl Arévalo e Isaki Lacuesta, cuentan una tormenta solar que deja Europa sin electricidad. No sale ni un rayo de la tormenta. Salen pueblos a oscuras, una sala de control y un grupo de vecinos que empieza a desconfiar de los demás. La catástrofe es de ciencia ficción y la puesta en escena es de terror rural. El Ministerio del Tiempo (2015) ya había descubierto algo parecido en Televisión Española: el pasado sale barato porque los decorados ya están construidos, se llaman El Escorial o la Plaza Mayor.

La saga de los Aznar sigue sin rodarse, y no parece que nadie vaya a pagar su flota estelar. Quien quiera ver cómo se las ha arreglado el cine español puede empezar por La cabina, seguir con Los cronocrímenes y Extraterrestre en la misma tarde y terminar con Apagón. Si le queda curiosidad, Acción mutante enseña lo que pasa cuando alguien decide construir el planeta de todas formas.