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¿Es posible subir la mente a un ordenador como en las películas? Lo que Transcendence y Chappie se saltan y El truco final no

· revisado el · alucine

Es posible subir la mente a un ordenador como en las películas solo si uno acepta el atajo que toman casi todas: tratar la mente como un archivo que se copia de un disco a otro. El cine de ciencia ficción lleva décadas filmando el momento de la transferencia y casi nunca el de la copia, que es donde está el problema de verdad. Hay una excepción, y no sale ni un ordenador.

La pregunta ha vuelto a circular gracias al vídeo de Kurzgesagt «¿Podemos transferir la mente y vivir para siempre?», de noviembre de 2025. Merece la pena ponerle al lado lo que el cine ha contado y lo que la ciencia ha conseguido.

Transcendence (2014): la subida como un trámite

Transcendence (2014, Wally Pfister) fue el debut como director del hombre que había fotografiado las películas de Christopher Nolan, con guion de Jack Paglen. Johnny Depp es Will Caster, un investigador de inteligencia artificial al que un grupo antitecnológico dispara una bala con polonio. Le queda como mucho un mes. Su mujer, Evelyn (Rebecca Hall), decide subir su conciencia al ordenador cuántico del laboratorio.

Lo interesante de la película está en un personaje secundario. Max Waters, el amigo al que interpreta Paul Bettany, sostiene desde el principio que lo que vive en la máquina es una imitación de Will. La película plantea la duda y luego la entierra bajo nanotecnología, una ciudad en el desierto y el FBI. Recaudó unos 103 millones de dólares en todo el mundo y la prensa del sector la trató como un fracaso de taquilla.

El fallo de fondo es de escala. La subida de Will cabe en unas cuantas escenas. En el mundo real, el equipo de Harvard y Google que reconstruyó un milímetro cúbico de corteza humana en 2024 generó 1,4 petabytes de imágenes con unas 57.000 células y 150 millones de sinapsis. Google calcula que ese fragmento es una millonésima del volumen de un cerebro. Y el tejido, claro, sale de un cerebro que ya no lo va a necesitar: se cortó en láminas para fotografiarlo.

Chappie (2015): la conciencia en un casco

Chappie (2015, Neill Blomkamp) va todavía más deprisa. Un robot policía de Johannesburgo con una inteligencia artificial que aprende como un niño descubre que su batería se agota y modifica un casco de control para pasar su conciencia a un ordenador y cambiar de cuerpo. Al final de la película la técnica se aplica también a un humano que se muere.

Blomkamp no pretende verosimilitud científica y no hay que pedírsela. Pero la imagen del casco que lee la mente desde fuera es justo la que la neurociencia descarta. La resonancia funcional, la técnica de imagen cerebral más conocida, trabaja con píxeles de tres o cuatro milímetros, y una neurona mide entre unas pocas y unas cien micras. Para ver cada conexión hace falta microscopía electrónica sobre tejido cortado. La película costó 49 millones de dólares y recaudó 102.

Lo que de verdad se ha copiado

Lo más parecido a una mente en un ordenador que existe hoy es una mosca. En octubre de 2024, el consorcio FlyWire publicó en Nature el cerebro completo de una mosca de la fruta: 139.255 neuronas y 54,5 millones de sinapsis, con unos 33 años-persona de corrección manual. En el mismo número, el equipo de Philip Shiu convirtió ese mapa en un modelo de ordenador que, al estimular las neuronas del sabor dulce, predecía qué neuronas llevan a la mosca a alimentarse. Un ser humano tiene unos 86.000 millones de neuronas.

En 2008, Anders Sandberg y Nick Bostrom publicaron en Oxford una hoja de ruta de la emulación cerebral que dividía el problema en niveles de detalle, desde un mapa de regiones hasta la mecánica de cada molécula. Cuanto más fino el nivel, más imposible el cálculo. La primera duda, que nadie ha resuelto, es qué nivel basta.

El truco final (2006): la única que mira la copia de frente

La película que mejor plantea el problema de subir la mente no tiene ordenadores. En El truco final (The Prestige, 2006, Christopher Nolan), basada en la novela de Christopher Priest de 1995, Hugh Jackman y Christian Bale son dos magos victorianos obsesionados con el número del hombre transportado. La máquina que el personaje de Jackman encarga a Nikola Tesla no transporta nada: fabrica un duplicado exacto en otro lugar y deja al original donde estaba. Para que el número funcione, cada noche uno de los dos tiene que desaparecer.

Ahí está lo que Transcendence y Chappie esquivan. Si un día se pudiera escanear un cerebro entero y ejecutarlo en una máquina, el resultado sería una copia, y el original seguiría donde estaba o habría quedado destruido en el escaneo. El filósofo Derek Parfit planteó ese mismo dilema en 1984 con su paradoja del teletransporte. Nolan lo convirtió en un número de magia con un tanque de agua debajo del escenario. Curiosamente, el director de fotografía de aquella película era Wally Pfister, que ocho años después rodaría Transcendence pasando de puntillas por la misma pregunta.