La mejor ciencia ficción latinoamericana sigue sin rodarse porque nadie en una productora la ha leído

Trafalgar Medrano pide otro café negro, enciende un cigarrillo y cuenta que acaba de volver de un planeta donde los días no siguen un orden. Lo cuenta en Rosario, en la mesa de un bar, a una narradora que lo escucha con paciencia y cierta desconfianza. Así funcionan casi todos los relatos de Trafalgar (1979), el libro de Angélica Gorodischer: un viajante de comercio argentino que vende mercancía por la galaxia y vuelve a casa a contarlo como quien cuenta una feria de muestras en Zaragoza.
Cuando se lee en voz alta, la pregunta sale sola: ¿cómo es posible que esto no sea una película? La respuesta corta es que el cine ha buscado ciencia ficción en español casi siempre en el mismo sitio, que es Bioy Casares, y cuando no la ha encontrado allí ha dejado de buscar. Si se repasa lo que falta por adaptar, aparece algo curioso: el dinero explica muy poco. Lo que más pesa es la estructura, y lo que más pesa después de la estructura es que nadie en un despacho ha pasado de la contraportada.
Trafalgar, de Angélica Gorodischer: un problema de estructura que ya está resuelto
El obstáculo de Trafalgar es evidente. Cada relato es un planeta distinto, y todos llegan filtrados por la boca de un hombre sentado. Un productor que lo mire con prisa ve dos cosas malas: un presupuesto de ópera espacial y una película de gente hablando en un bar.
Pero el cine resolvió esa ecuación hace tiempo. Big Fish (2003, Tim Burton) vive exactamente de eso: un fanfarrón que cuenta y una imagen que no sabe si creerle. La gracia de Gorodischer está en el tono, en esa mezcla de fantasía desbordada y sobremesa de provincias, y ese tono aguanta perfectamente que los planetas sean baratos, pintados, casi de teatro. Nadie le pide a Trafalgar Medrano que sea verosímil; se le pide que sea buena compañía. Como serie de episodios encajaría todavía mejor, y es raro que ninguna plataforma lo haya visto.
XYZ, de Clemente Palma: la novela que necesitaba una tecnología que no existía
En 1934 el peruano Clemente Palma publicó XYZ, que él mismo subtituló como novela grotesca. Un inventor consigue fabricar réplicas vivas de estrellas de Hollywood. Tiene su ironía: una novela entera sobre la fascinación por el cine que el cine nunca ha rodado.
Aquí el problema sí era material, aunque no de dinero. Para rodarla hacía falta enseñar a Greta Garbo, o a alguien que el público reconociera como Garbo, y no había manera. S1m0ne (2002, Andrew Niccol) rozó la idea con una actriz digital inventada, y se quedó en comedia. Hoy la réplica de un rostro famoso es una cuestión de derechos y de abogados, y precisamente por eso XYZ ha dejado de ser una curiosidad de museo: habla de algo que los sindicatos de actores discuten ahora mismo. Un guionista listo no necesitaría cambiarle casi nada.
Una leyenda del futuro, de Agustín de Rojas: barata, y aun así sin rodar
El cubano Agustín de Rojas escribió en los ochenta una trilogía que en la isla tuvo lectores muy fieles. Una leyenda del futuro (1985) sigue a una tripulación que vuelve de Titán después de un accidente, con uno de sus miembros malherido y un viaje demasiado largo por delante. Es una novela de encierro, de psicología a presión, con muy pocos personajes y una sola nave.
Es decir, es la película que hizo Duncan Jones con Moon (2009): un decorado, un reparto corto, un presupuesto que una productora mediana puede levantar. No hay aquí ningún problema de estructura ni de efectos. Lo que hay es geografía editorial. Rojas se leyó en Cuba y apenas fuera, y el cine cubano de esos años tenía otras prioridades y muy poca película virgen. Es el caso más claro de novela que no se ha rodado solo porque no ha llegado a las manos adecuadas.
El lugar, de Mario Levrero: barata también, pero dificilísima
Un hombre se despierta a oscuras en una habitación. La única salida da a otra habitación. Y luego a otra. El lugar, del uruguayo Mario Levrero, arranca así y lo que viene después es menos una trama que una sensación sostenida, esa lógica de pesadilla en la que uno sigue andando porque parar da más miedo.
Cualquiera piensa enseguida en Cube (1997, Vincenzo Natali), que se rodó con un único decorado reutilizado. El parecido es engañoso. Cube tiene un enigma, trampas y un grupo que discute; Levrero tiene a un hombre solo y la textura de su cabeza. Lo que da miedo en la novela es cómo lo cuenta el narrador, y eso es lo más difícil de pasar a imagen. Haría falta un director con la paciencia de Tarkovski y el oído de Lynch. Es el único título de esta lista donde se entiende que nadie se haya atrevido.
La leyenda de los soles, de Homero Aridjis: la que de verdad cuesta dinero
El mexicano Homero Aridjis situó en 2027 La leyenda de los soles (1993): una Ciudad de México asfixiada por la contaminación, donde la vieja cosmogonía de los soles mexicas vuelve a reclamar su final. El año de la novela es el que viene, lo que añade un escalofrío a la relectura.
Esta sí pide dinero de verdad. Una megalópolis en colapso, un imaginario prehispánico que no admite cartón piedra y un tono visionario que se va al ridículo si los efectos flojean. Sleep Dealer (2008, Alex Rivera) demostró que se puede hacer ciencia ficción mexicana política con poco, pero lo consiguió eligiendo una historia pequeña. Aridjis no la escribió pequeña. Necesita un estudio que se la crea, y los estudios que ponen ese dinero buscan otra cosa en México.
Por dónde empezar
Quien quiera leer antes de que alguien las ruede puede seguir este orden:
- Trafalgar, de Gorodischer, para entrar con buen humor.
- XYZ, de Palma, porque es corta y porque sorprende la fecha.
- Una leyenda del futuro, de Rojas, para quien disfrute con la ciencia ficción de encierro.
- El lugar, de Levrero, a solas y de noche.
- La leyenda de los soles, de Aridjis, cuando ya se tenga el oído hecho a todo lo anterior.
De las cinco, solo la de Aridjis tiene un obstáculo que se mida en millones. Otras dos piden un director con ideas y otras dos, apenas un lector en el sitio adecuado. Gorodischer murió en 2022 sin ver a Trafalgar Medrano en una pantalla, y él seguiría encantado de sentarse en el bar a contarlo, con tal de que alguien le ponga otro café.